La espero abajo, mientras ella se viste me pongo unos cereales e intento poner buena cara hasta que baje. La oigo pegar un portazo y aguantar la puerta, como si algo le estuviera empujando a hacerlo, tras un forcejeo tras otro se oye otro portazo y bajar las escaleras a toda prisa. Me extraña todo esto bastante, pero a estas horas de la mañana no es un buen momento para hacer preguntas. Me callo y sigo con mis cereales.
Laura se sienta, se la ve acalorada y malhumorada, se toma unas galletas y sale de la casa sin mí, yo como una tonta no le replico nada, me tomo mi tiempo y salgo a mi hora.
Era una mañana de otoño con niebla por todas partes, no se podía ver como el señor Philips regaba sus plantas, ni como el perro de la vecina de enfrente jugaba a morder el agua de los aspersores, tampoco era una imagen imprescindible pero daba un toque acogedor a la rutina de todas las mañanas. Veo que me estoy entreteniendo mucho, dejaré de mirar alrededor y seguiré hasta la parada de bus donde me recogen, espero encontrarme con Laura.
Llego a toda prisa y me monto en el autobús amarillo típico de las películas americanas, el conductor es muy fan y la decoró así sin razón alguna. Ya está casi lleno, busco algún asiento y me encuentro con Lenny, mi mejor amigo, como siempre me estaba guardando el sitio, al lado de la ventanilla, donde me gusta a mí. Echamos un rato de charla mientras dibujamos tonterías en el cristal empañado del bus. Cuando llegamos a la parada, nos abrochamos el abrigo y salimos todos en estampida, no precisamente por la motivación de ir al insti, sino porque nadie quiere perderse el último día de clase, sin exámenes y prácticamente sin clases, esto es un lujo.
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